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La Marina al rescate de la zona sur de Tamaulipas

Víctor Hugo Martínez

El regreso de la Secretaría de Marina a las tareas de vigilancia preventiva en la zona sur de Tamaulipas no debe leerse como un refuerzo, sino como una sentencia de incompetencia. 

El despliegue de los marinos para frenar el robo a comercio y transeúnte es la prueba más contundente de que la Guardia Estatal ha fallado en su compromiso primordial: proteger al ciudadano en su cotidianidad.

A pesar de la retórica oficial que intenta matizar este movimiento, la realidad es cruda. 

La corporación estatal ha gozado de un respaldo presupuestal y político sin precedentes. Se les dotó de patrullas, equipo y una narrativa de «nueva era» en la seguridad pública; sin embargo, los resultados en las calles —esos que mide la percepción ciudadana— cuentan una historia de abandono. 

El repunte en la inseguridad en los principales municipios del estado no es una coincidencia, es el reflejo de una corporación que se ha quedado corta frente al reto.

La exhibición de la ineficiencia

Mover a la Marina para hacer el trabajo que le corresponde a la policía estatal es exhibir la falta de compromiso de los mandos y la tropa civil. 

Es aceptar que la estructura de seguridad local no ha podido, o no ha querido, dar los resultados que Tamaulipas demanda. 

Mientras la Guardia Estatal se diluye en patrullajes que parecen más estéticos que efectivos, vemos patrullas en las inmediaciones de tiendas de conveniencia o farmacias, los delitos del fuero común han seguido lastimando la economía de las familias y de los comerciantes que, hoy por hoy, se sienten desamparados.

¿Para qué sirve una policía estatal que requiere que el Gobierno Federal le haga «el quite» en tareas tan básicas como la prevención del robo? El costo de esta incapacidad no solo se mide en pesos, sino en la erosión de la confianza. 

La militarización de la vigilancia urbana es el último recurso de un estado que no ha logrado profesionalizar a su policía.

La Marina entra porque la Guardia Estatal no está. Y esa ausencia no es física, es operativa y de resultados. 

Es tiempo de dejar de celebrar los «apoyos» externos y empezar a cuestionar por qué la fuerza propia, la que debería ser el orgullo de la seguridad tamaulipeca, hoy solo sirve de espectadora mientras otros hacen su trabajo.

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