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Eje Sur // Rendir cuentas, no escenificar…

Víctor Hugo Martínez

Hay rituales que se repiten cada año con puntualidad casi litúrgica. Escenarios montados, cifras alineadas y discursos que buscan dar forma a una narrativa: la del deber cumplido. 

Pero gobernar no es escenificar, es sostener.

Porque más allá de los reflectores, la rendición de cuentas no debería ser un acto excepcional, sino una práctica cotidiana y de frente a la ciudadanía.

No se trata de enumerar logros, sino de explicar decisiones. No de adornar resultados, sino de exponer realidades, incluso las incómodas, porque también define el desempeño de una administración.

En días donde los balances toman forma pública, vale la pena recordar que el poder suele confundirse con la capacidad de decir, cuando en realidad su mayor reto es responder y además resolver las necesidades e inquietudes de la sociedad.

Responder a una sociedad que ya no se conforma con relatos optimistas, sino que exige claridad, contexto y, sobre todo, congruencia.

Sobre todo cuando el discurso, en lugar de abrir explicaciones, opta por construir adversarios. 

Porque cuando la rendición de cuentas se mezcla con la confrontación narrativa, el riesgo es que el mensaje deje de informar para empezar a señalar.

En política, los informes suelen medirse por aplausos, pero la gestión se mide en consecuencias. En calles, en servicios, en certezas. Ahí donde los números dejan de ser discurso y se vuelven experiencia.

También hay otra dimensión menos visible: la responsabilidad interna. Todo gobierno no solo responde hacia afuera, sino hacia adentro. A su estructura, a su origen, a las promesas que le dieron sentido. 

Porque cuando el ejercicio del poder se desconecta de ese origen, lo que queda es forma sin fondo.

En tiempos donde la comunicación política apuesta por el impacto inmediato, vale la pena preguntarse si aún queda espacio para la autocrítica. Para reconocer pendientes, para nombrar lo que no se ha resuelto. 

Porque gobernar también implica admitir lo que falta.

Quizá el verdadero informe no ocurre en un recinto ni se concentra en un día. Tal vez se construye en la percepción cotidiana de la gente, en la distancia —cada vez más corta o más amplia— entre lo que se dice y lo que se vive.

Y en ese contraste, donde el discurso compite con la realidad, es donde realmente se rinden cuentas.

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