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Eje Sur // Desde Reynosa, la grieta que recorre Tamaulipas…

Víctor Hugo Martínez

Hay lugares donde la tierra deja de ser suelo y se convierte en evidencia.

En Reynosa, al fondo de la colonia Puerta Sur, integrantes del colectivo Amor por los Desaparecidos en Tamaulipas caminan sobre fragmentos que no deberían estar ahí: huesos, cenizas, restos que el tiempo no terminó de ocultar.

No buscan respuestas grandilocuentes, buscan algo más básico: confirmar que alguien estuvo ahí y que no volvió.

El hallazgo no es solo un punto en el mapa. Es una grieta. Una más en un país que insiste en contarse a sí mismo como una historia distinta.

Porque mientras la superficie intenta sostener cifras, discursos y balances, el subsuelo responde con otra narrativa: una que no cabe en reportes ni en conferencias.

Esa fractura no es exclusiva de un predio en Tamaulipas. Se repite en otros espacios, con otros lenguajes.

La distancia entre lo que se dice y lo que ocurre crece.

Entre la narrativa oficial y la experiencia cotidiana de quienes buscan, de quienes esperan, de quienes sostienen con sus manos lo que otros reducen a números.

En Reynosa, la tierra habla. Y lo hace sin filtros.

Cada fragmento expuesto es una pregunta que no encuentra respuesta en los informes. Cada paso que da el colectivo es también un recordatorio de que hay realidades que no se pueden administrar desde el discurso.

La búsqueda permanente del colectivo Amor por los Desaparecidos en Tamaulipas ocurre lejos de los reflectores oficiales, hasta que los hechos irrumpen como un puñetazo en la cara del discurso oficial.

Y más cuando se localiza lo que fue calificado por el colectivo como un “cementerio clandestino”, en donde, según el organismo, fueron localizados 8 cráneos y otros restos óseos humanos.

Tal vez el problema no sea solo lo que está ocurriendo, sino la insistencia en no mirarlo de frente.

Porque un país que no logra nombrar sus ausencias, que no reconoce sus propias grietas, corre el riesgo de acostumbrarse a ellas.

Y cuando eso pasa, lo extraordinario deja de ser el hallazgo.

Se vuelve costumbre.

Nombrar la realidad no la cambia, pero negarla la profundiza. En un estado como Tamaulipas en donde la tierra habla más que los informes, el silencio deja de ser omisión: se transforma en parte del problema.

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